La empatia instantanea

La empatía instantánea

Lo que debemos aprender de los niños

Hace poco asistí a un evento familiar en una iglesia. Al llegar, nos encontramos en la recepción, esperando con paciencia la señal para ingresar al salón principal. El lugar ofrecía tan solo dos butacas largas, enfrentadas una a la otra, con espacio para unas cinco personas en cada una y separadas por unos cinco metros.

Los adultos fuimos ocupando los asientos disponibles. Y como ocurre con frecuencia en estos tiempos, los teléfonos celulares se convirtieron en nuestra compañía inmediata: refugio contra el tedio, excusa para evitar el contacto visual y bálsamo para la impaciencia.

La danza de las miradas esquivas

Entre notificaciones, mensajes y pantallas iluminadas, me permití levantar la vista varias veces. En algunas ocasiones crucé miradas fugaces con los adultos de la butaca opuesta. Y, casi por instinto, ambos desviábamos los ojos hacia el celular, como si aquel pequeño aparato fuera un salvavidas que nos rescataba de la incomodidad de ver y ser vistos.

Eran miradas rápidas, casi robadas, pero cargadas de un matiz analítico. Una especie de escaneo silencioso, como si cada uno evaluara con cautela a los desconocidos frente a sí. No había sonrisas ni saludos, ni siquiera un gesto de amabilidad. Solo rostros serios y un hermetismo tácito, una soledad compartida en medio de la sala.

“La empatía no se ensaya, se siente; y cuando es genuina, rompe cualquier distancia.”

La irrupción de la inocencia

Fue entonces cuando sucedió algo que transformó el ambiente: apareció un niño de apenas año y medio. Su piel clara como una nube, los rizos negros que enmarcaban su rostro, las mejillas encendidas y esa sonrisa desarmante capturaron de inmediato toda nuestra atención. Con pasos tambaleantes, avanzó hacia el centro de la sala, levantó su manita diminuta y saludó a todos sin distinción. Lo hizo con una naturalidad que desarmó cualquier muralla invisible que los adultos hubiéramos levantado. Dio la vuelta, volvió a entrar, sonrió otra vez, y en segundos el ambiente se transformó: la seriedad se desvaneció, las pantallas dejaron de importar y hasta las conversaciones se congelaron para admirar la escena.

De la rigidez a la ternura compartida

Durante varios minutos, el niño jugó con la puerta, se dejó caer en la torpeza de sus pasos y arrancó suspiros de ternura cada vez que su padre corría para evitar que se golpeara. Su presencia se convirtió en el centro de todas las miradas y, lo más curioso, en el puente que nos unió a los adultos que minutos antes parecíamos tan distantes.

De pronto, quienes estábamos a un lado y quienes ocupaban la otra butaca nos descubrimos sonriendo al mismo tiempo, intercambiando miradas que ya no eran evasivas sino cómplices. El niño nos había contagiado de empatía sin esfuerzo, con la naturalidad que solo la infancia permite.

Una lección silenciosa

Mientras lo observaba, comprendí que la grandeza de su gesto estaba en la ausencia de prejuicios. El niño no conocía de etiquetas sociales, de temores al “qué dirán” ni de la rigidez con la que los adultos solemos protegernos. Su sonrisa era auténtica porque nacía del deseo puro de compartirla.

En contraste, nosotros —los adultos— habíamos llenado la sala de un silencio denso, refugiándonos en pantallas, ocultándonos tras máscaras de seriedad. Hemos aprendido a levantar barreras: por miedo, por experiencias pasadas, por complejos o por creencias que nos condicionan. Pero aquella pequeña criatura, con su inocencia intacta, nos recordó algo esencial: la empatía no se ensaya, se siente; y cuando es genuina, rompe cualquier distancia.

“Ojalá que la empatía instantánea deje de ser exclusiva de los niños y se convierta en una cualidad que los adultos practiquemos más a menudo.”

Empatía instantánea

A esa experiencia la llamé “empatía instantánea”. Porque surgió sin planificación, sin protocolos, sin prejuicios. Fue un destello espontáneo que nos recordó lo que hemos olvidado en el camino hacia la adultez: que la vida es más ligera cuando se comparte una sonrisa, una mirada franca o un gesto amable.

Ese niño, sin saberlo, me regaló una enseñanza poderosa: debemos mantener vivo a nuestro niño interior, ese que sonríe porque sí, que mira a los ojos sin temor y que se atreve a acercarse al otro sin pedir credenciales.

Recuperar lo perdido

La adultez nos roba, poco a poco, esa frescura. Nos volvemos calculadores, prevenidos, reservados. Y sin embargo, en lo profundo, todos anhelamos conectar, sentirnos parte, compartir algo tan simple como la empatía. Ojalá que no dejemos esa capacidad solo en manos de los niños. Ojalá que como adultos cultivemos más instantes de “empatía instantánea”, que soltemos un poco la rigidez y permitamos que las sonrisas nazcan sin razón aparente.

Al fin y al cabo, la vida no está hecha de grandes discursos, sino de momentos que pueden cambiar un día, o incluso un recuerdo, para siempre.

David Daniel Prieto

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